Friday, October 1, 2010

Por qué fue España la conquistadora y colonizadora de América

En las conversaciones sobre la Conquista y la Colonización de América es común oír a muchas personas quejarse del hecho de que haya sido España la nación conquistadora y colonizadora de estas tierras y no hayan sido los ingleses. 'Seríamos más adelantados', dicen, y usan este eufemismo para no renegar públicamente de su raza mestiza, mostrando un complejo de inferioridad que fue inculcado por los españoles, también mestizos andaluces de las clases populares como fue la inmensa mayoría de los integrantes de las expediciones conquistadoras.

Ignoran, o quieren ignorar quienes esto afirman, que España era en el momento del Descubrimiento la primera potencia de Europa y la única capaz de emprender militarmente la conquista del territorio americano, adentrándose con sus tropas en las inhóspitas tierras de un continente por descubrir y luchando no solamente contra los naturales que les opusieron resistencia, a pesar de la abismal inferioridad tecnológica, sino contra una naturaleza hostil y contra un medio desconocido.

España era en la época del Descubrimiento de América la única nación 'despierta' de Europa y la Universidad de Córdoba era el foco intelectual que iluminaba el continente. En cambio, los ingleses no eran potencia en ese momento. Su ascenso empezó bajo el reinado de ese gran rey que tomó el nombre de Enrique VIII (1491-1547). Este soberano, ridiculizado por sus malquerientes por su obesidad y criticado, con toda razón, por su crueldad con sus sucesivas esposas, fue el iniciador del Imperio Inglés. Hombre de vasta cultura y eminente teólogo concibió que sólo bajo el empuje de un credo religioso se podría construir un imperio y entonces decidió fundar el Anglicanismo y constituir al rey de Inglaterra en Jefe Espiritual de su reino, separando la nueva doctrina de la obediencia al Papa de quien tanto el rey de España como el de Portugal disputaban su privanza. De esta manera enfrentó su país a la poderosa España y entró en la competencia por la hegemonía europea.

El triunfo de la escuadra inglesa sobre la llamada Armada Invencible en 1588, noventa y seis años después del Descubrimiento de América y bajo el reinado de su hija Isabel I, marcó el inicio del poderío inglés. Desde entonces empezó la construcción y consolidación de un imperio marítimo que se caracterizó por la posesión de puntos claves en diversas partes del globo terráqueo con base en su poderosa maquinaria naval. Inglaterra, como potencia marítima, no tuvo el propósito de crear una colonia continental en América y su conquista y colonización de territorios se limitaron a la posesión de islas, de zonas costeras y de sitios neurálgicos para su dominio y ampliación de su comercio y en la fundación de ciudades portuarias en la costa oriental de Norteamérica. Inglaterra no se hubiera adentrado en el territorio americano como lo hizo España, esta sí con los arrestos de potencia continental, para descubrir nuevas tierras, para someter a los naturales, para fundar ciudades y para dejar, con el mestizaje, su impronta racial y cultural en las tierras descubiertas.

Los ingleses no se mezclaron con los indígenas como los españoles porque su concepto religioso de predestinación, que lleva implícito el de superioridad racial, les impedía a los súbditos de la Corona inglesa mezclarse con las razas inferiores de América. Aún más, las guerras religiosas que se suscitaron en la Gran Bretaña a raíz de la imposición monárquica del anglicanismo favorecieron a Norteamérica en su poblamiento pues, de acuerdo con los vaivenes de las luchas, emigraron a esas tierras americanas numerosas familias católicas y anglicanas que crearon colonias con criterio independentista entre sí y con su patria de origen.

La colonización española que les tocó en suerte a los países surgidos de este proceso no fue una desventaja, antes bien una ventaja pues la mestización les ahorró los problemas que sufren otros Estados en donde la tensión entre las razas puras atenta contra la unidad nacional. Además, la identidad cultural latinoamericana, representada en dos factores eminentemente unificadores, el idioma castellano y la religión católica, les ha dado la fortaleza suficiente para irrumpir, poco a poco, en la historia de la humanidad y para posicionarse con orgullo en la comunidad de las naciones que pueblan la tierra.

El nuevo núcleo latinoamericano está empezando a proyectarse en la historia como un elemento étnico perfectamente definido y con características culturales propias hasta tanto de interesar vivamente a los estudiosos de estos temas como al profesor Samuel P. Huntington quien lo califica como base de una de las ocho civilizaciones de la humanidad. Huntington las enuncia como Occidental, Eslava, Arabe, Hindú, China, Japonesa, Latinoamericana y Africana, y es notorio que no incluye la Latinoamericana en la Occidental, dándole una connotación propia que la diferencia de las naciones angloparlantes que pueblan el territorio americano.

Los naciones latinoamericanas avanzan con paso firme en la historia de la humanidad con muchos valores heredados de sus antepasados. Su cultura se expande por todo el ámbito americano con fuerza impresionante penetrando en el norte del continente con su religión católica, su idioma, su alimentación, su música y sus artes plásticas, para no mencionar sino estos aspectos que son consecuencia cultural de la penetración racial. Por ello, no tenemos que avergonzarnos o lamentarnos de nuestros ancestros pues la grandeza de un pueblo no radica en su poderío militar o económico, sino en su fortaleza cultural que le permite sobrevivir a los avatares y a los cambios imprevistos en el transcurso de los tiempos.

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